El determinismo del mal. Las herencias malditas que podemos dejar a nuestros hijos.

En las humanidades siempre ha estado presente el peso enorme del determinismo. Recuerdo que, en el primer curso de geografía en la facultad, hablábamos del determinismo geográfico. Teoría por la cual, los pueblos tenían muchas cosas decididas de antemano debido al medio físico en el que estaban. En alguna conversación habrán escuchado que los suecos son muy trabajadores porque con el frío de aquellas latitudes tienen que espabilar para no morirse congelados, o que los andaluces son muy… ya no sigo porque para malos rollos ya tenemos a la carcundia de los nacionalismos excluyentes españoles. Pues bien, ese es el determinismo geográfico de casa, de bar o de mitin político.

Personalmente nunca me ha gustado el determinismo, quizás porque me educaron con el mantra “querer es poder”. Siempre me aferré a que en medios físicos similares, diferentes grupos humanos habían desarrollado culturas diversas, es decir, me aferré al posibilismo geográfico.

Tener voluntad es una de las mejores herencias, pero puede ir ligada a elementos negativos como la insatisfacción constante, la negación de evidencias, frustraciones insalvables, desconformidad con el presente, obsesión por el futuro o carencia de una visión contemplativa y pausada de la vida. Todo muy occidental, siempre hacia adelante, ¡más madera! gritaba Groucho. En occidente los objetivos materiales se han impuesto, el desarrollo material se impone al espiritual, todo es muy poco “zen”.

Pero si un valor positivo como la voluntad tiene aristas, cómo será una herencia maldita como la violencia. Lean el artículo pero no sean muy deterministas y piensen que los niños maltratados que no maltratan son mucho más difíciles de detectar en las estadísticas. Hace poco leí que se calcula en un tercio los maltratados que repetían ese comportamiento como maltratadores, pero dos tercios no lo hacían. De éstos no se habla, ¡viva la voluntad!

Hay otros dos aspectos del artículo que quiero comentar. El primero, es que omite la genética, la mayor y más determinante herencia que recibimos. El segundo, es la violencia en si misma, para la escritora no existe el más mínimo aspectos positivo de la violencia, no tiene ninguna función y es abominable.

No voy a hacer una defensa de la violencia porque yo también la rechazo y la detesto, pero quizás es una visión demasiado teológica y poco biológica. Quizás el cachete que dan los padres a los hijos, desde el comienzo de los tiempos, sea la enseñanza del mundo y del hombre, un mundo y un hombre violentos. Si no se da, ¿cambiará el mundo? ojalá, el artículo anima a ello. La educación de un niño me queda un poco grande, no creo a Rousseau cuando dice que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe, ni tampoco creo que sea malo y la sociedad buena. Socorro.

httpspixabay.comenadolf-hitler-angry-bad-character-150448 CC0 Public Domain

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Origen: Los grandes sanguinarios fueron siempre niños maltratados | Madre no hay más que una

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